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Reseña editorial

La metamorfosis

Franz Kafka

Editorial Losada
(Madrid - 09/2003)

Prólogo: Jorge Luis Borges
Introducción: "El inquilino de la vida desfigurada", Gustavo Martín Garzo.




En 1938, Editorial Losada publicó en español, por primera vez en formato libro, La transformación de Franz Kafka. Lo hacía en su colección "La Pajarita de Papel". La novela había conocido nuestro idioma (y cualquier otro idioma distinto del que la vio nacer) por primera vez en 1925, un año después de la muerte de Kafka, cuando fue publicada por separado en dos números de Revista de Occidente. Desde entonces, apenas podemos sospechar el número de ediciones que se han realizado en nuestro idioma, por no hablar de las ediciones internacionales.

En septiembre de 2002 nos llegaba la noticia de la instalación de la editorial bonaerense en España. Y en septiembre de 2003, un año después, iniciaban la andadura de una impresionante colección de libros de bolsillo que recoge parte de la mejor literatura de todos los tiempos. ¿Es La transformación uno de los títulos más importantes de la literatura universal? Sin duda. Kafka, pues, es el autor que abre la colección.

Recuperada la edición de 1938, acompaña al Kafka español más histórico, referencia de casi todos los estudios que se han hecho en el ámbito de habla hispana, el conocido prólogo de Jorge Luis Borges y una introducción a la obra del checo realizada por el escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo, Premio Nacional de Literatura (España) y Premio Nadal, entre otros. De este celebrado novelista ya conocemos un acercamiento a Kafka realizado en la selección y el prólogo de la recopilación de textos kafkianos aparecidos bajo la denominación de El libro del hambre (Sirpus, 2003) [1] .

El ensayo de Martín Garzo, titulado "El inquilino de la vida desfigurada", se zambulle en la obra de Kafka, poniendo especial atención en textos breves, cartas o parábolas que le sirven para desgranar su visión del universo kafkiano, claramente orientada desde el punto de vista del escritor: sus temores, sus dudas, sus conflictos, el sentido de la escritura, etc.

Los personajes kafkianos, para Martín Garzo, están siempre "ocupados, implicados en asuntos más o menos oscuros (...)". Estos asuntos provocan en ellos una incesante actividad que "está condenada, como la propia muralla china, a no conocer fin, y a carecer de un sentido manifiesto, una carencia que no sólo afectará al futuro, sino que desdibujará el mismo pasado, de forma que ni siquiera pueda llegar a saberse lo que la originó." Encontramos aquí este sentido de la vida desfigurada.

Según el ensayista, la idea de un mundo desfigurado tiene su origen en nuestra falta de memoria. La muralla es un proyecto inútil. Sus constructores no saben, o no recuerdan, la razón de su construcción. En "Un puño en el escudo", los habitantes olvidan la construcción de la torre, en torno a la cual surge su propia ciudad. Sin embargo, Kafka encuentra un medio para mitigar el sufrimiento que le provoca esa vida. "Sólo hay un lenitivo: el esfuerzo por recordar al precio que sea. La escritura es parte de ese intento", escribe Martín Garzo. Pero nosotros encontramos que la falta de memoria no es origen sino causa. Al menos no es origen definitivo. Lógicamente, una causa, a su vez, provoca nuevos incidentes. Pero que Josef K. no recuerde el motivo por el que puede haber sido detenido no es el origen del problema que se da en la "sociedad judicial" en la que habita. Tampoco acierta al tratar de defender esta idea con este conocido texto de su juventud: "Lo que necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente como la muerte de una persona a quien hubiéramos amado más que a nosotros mismos, como si fuésemos arrojados a los bosques, lejos de los hombres, como un suicidio, un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos dentro" [2] . Es cierto que en la desgracia o en el dolor podemos hallar elementos que prefiguren o conformen el recuerdo. Sin embargo, Kafka es claro al hablar del "mar helado que llevamos dentro" y de la necesidad de romperlo mediante la literatura. Nos habla en todo momento de intensidad frente a inmovilidad, insensibilidad o conformidad. La sociedad que le rodea, el estado burgués, el conservadurismo judío, (lejano a él, pero presente), la burocracia, etc., generan un individuo que no es sino (aquí sí) inquilino de su propia vida, en oposición a la idea de ser dueños de nuestra existencia. Este texto de Kafka, extraído de una carta a Oskar Pollack, como la práctica totalidad de su obra, goza de una intensa vigencia. El estancamiento de la mayor parte de la literatura actual, anclada en fórmulas y esquemas desfasados, su incapacidad de provocar a las emociones para que éstas puedan sacarnos de las ideas del pensamiento único, de la globalización del "ser comercial" (frente a un "ser de la sensibilidad"), bien merecen el hachazo que reclamaba Kafka.
Precisamente a esa intensidad a la que nos referimos alude Martín Garzo en otro momento: "La búsqueda del verdadero escritor es una búsqueda de la intensidad". Incluso a los personajes kafkianos, indica, parece que "el conocimiento en profundidad de cualquier minucia pudiera llevarles al conocimiento del todo. Son prisioneros de la intensidad".

El ensayo introductorio reivindica, en repetidas ocasiones, la importancia de la infancia en la vida y la obra de Kafka. Kafka añora el tiempo de la infancia en el que parece que todo está a la espera, produciéndose una especie de "postergación infinita" ("infinita postergación", referida por Borges en el prólogo de esta edición). En esa postergación puede surgir un espacio donde son posibles "relaciones inesperadas, asociaciones que en otras circunstancias no resultarían posibles." Es, también, el niño rebelde "que no quiere acostarse, que pregunta incansablemente". Y cita a Kafka: "No dormir es preguntar, si uno lograra una respuesta, Kafka se dormiría". Lejos del uso de la dura infancia del sensible niño Kafka que, en tantas ocasiones, se ha realizado desde el ámbito del psicoanálisis, centrado sobre todo en su relación con el padre, esta reivindicación está más cerca de la visión que se tiene desde el proceso mismo de la escritura: detenerlo todo, como en la infancia, para que nada obstaculice la fluidez que necesita el escritor; ese "juego de adultos", la literatura, bien merece que nada le estorbe: ni la toma de decisiones, ni las relaciones personales, ni nada.

Sorprendentemente, Gustavo Martín Garzo, repite en estas reflexiones un error que ya cometiera en su presentación para El libro del hambre. Insiste en que, en el texto "Un mensaje imperial", el mensajero no ha recibido mensaje alguno por parte del emperador. Dice el vallisoletano: "Ha ido al lecho del emperador pero no ha escuchado el mensaje que debe transmitir. El emperador, como el animal de Un cruzamiento, se ha limitado a mover los labios sin que lo que pretendía decir llegara a ser comprensible". Nos vamos a la excelente traducción de las Obras Completas de Galaxia-Círculo: "Hizo arrodillar al mensajero junto al lecho y le susurró el mensaje al oído; tanto le importaba, que se lo hizo repetir al oído. Con un gesto de la cabeza corroboró la exactitud de lo dicho" [3] . No hay pues "ausencia de significación" en el mensajero, entendido éste como una metáfora del artista, del escritor. Ellos saben lo que tienen que decir. El problema es la distancia imposible que hay hasta el destino del mensaje, la inabarcable inmensidad de los espacios que le separan; en cierta forma, pero no exactamente, es un acercamiento a la paradoja de Zenón, también señalada por Borges en su prólogo. El escritor tiene un mensaje que trasmitir, pero nunca llegará al receptor.

 Entre otras ideas interesantes, resulta ingenioso como el autor del ensayo establece semejanzas entre el extraño animal del texto sin título que comienza "En nuestra sinagoga vive un animal (.)" y el propio Kafka, quien, en su infancia (una vez más aparece este tema), no soportaba las ceremonias judías. Dice Martín Garzo: "También esa criatura parece dormitar infinitamente, deambular de un lado a otro sin un propósito definido (...). Kafka escribe que los ojos de esta criatura incitan al sacrificio, como dando a entender que su vida no cabe en lo humano". Efectivamente, la analogía del animal con el propio Kafka es hermosa. Algo así podría encontrarse en la mirada, en los ojos del Kafka de la fotografía de 1924, cuando su vida, desde hacía largo tiempo, no cabía en lo humano. Quizá sea porque lo sobrepasaba.

 

 

 


  [2] Texto extraído de esta misma introducción. El autor no cita traductor ni edición.

  [3] Narraciones y otros escritos. Obras completas III. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2003. p. 202.

[ © Paco Yuste | 2004 ]






[ Ficha bibliográfica ]

La metamorfosis (09/2003)

Kafka, Franz

Prólogo: Borges, Jorge Luis

Introducción: Martín Garzo, Gustavo

Editor: Editorial Losada (Madrid, España)

Descripción: 126p. - rústica

ISBN: 950-03-9267-4







     
 
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