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Las
mujeres y Kafka
Reseña
crítica de La Praga de Kafka, de Klaus Wagenbach
Luis Arturo Hernández
Escritor, profesor de literatura.
[ Vitoria, España. 1958. Ganador del Premio "Felipe
Trigo" de Narrativa 1999 con la novela corta El flamboyán,
la esclava y el mambí, en Algaida (Sevilla), editorial ésta
en la que aparecerá en breve su libro de cuentos Escalera de
caracola. Asimismo, su ensayo Anuario carnalavés y otras
crónicas costumbrismopolitanas ha ido publicándose por
entregas en diversas revistas del País Vasco (Bitarte, Puerta Norte,
Diálogos). Cultiva el ensayo recreativo en Textos de didáctica
de lengua y literatura española (Ed. Graó) y el comentario
teatral en Ñaque (Ciudad Real). Polémico articulista
de opinión, es miembro del consejo de redacción de la revista
Luke (www.espacioluke.com), donde ejerce la crítica
de libros, cine o arte, así como la crítica de poesía
en Zurgai (Bilbao). Colabora, de forma esporádica, en otras
publicaciones de ámbito estatal. Veni, vidi, vinum, en Así
escribo mi ciudad (Grafein, 2001), Hipsipila, en Lecturas
entre paradas 3 (Bilbao, Día del Libro, 2001), Linterna
mágica (Bilbao, mayo de 2002), Y el lunes descansó,
en Gótico... pero exótico (Vitoria, Artium, 2002)
son algunos de sus relatos incluidos más recientemente en publicaciones
colectivas.. ]
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Reseña publicada en Amilamia Revista de Literatura
[ núm. 22 Vitoria. España ]
(La Praga de Kafka,
de Klaus Wagenbach.
Ed. Península, Barcelona, 1998.)
En su Pavana para una infanta difunta, la novelista checa Libuse Moníková
identifica el famosísimo Puente de Carlos, emblema turístico
donde los haya de la ciudad de Praga, como escenario de algunos de los
más conocidos pasajes de la obra de Kafka: "El mismo paraje,
aunque manteniendo el anonimato, sirve de trasfondo a otras propuestas
de Kafka: el río, el puente, la colina situada más allá
de la otra orilla. Aunque no se mencionen en este caso los nombres de
las calles, podríamos seguir el recorrido de Josef K. hasta la
cantera, flanqueado por dos pulcros señores que una vez llegados
allí le retorcerán un cuchillo en el corazón, igual
que sucedía en el primer relato de Kafka".
Esta misma propuesta, desarrollada de forma tan amena como sistemática,
es la que hace Wagenbach, kafkólogo convicto y confeso, en La Praga
de Kafka, una "Guía de viajes y de lectura" que ilustra
el rigor historiográfico propio de la vida e itinerarios ciudadanos
del autor praguense con una antología de textos selectos, que encuentran
su correlato biográfico y urbano en pasajes particulares de la
vida y la ciudad de Kafka, haciendo de Praga un espacio mágico
y del escritor un ser de fábula. Paisaje y paisanaje se aúnan,
de la mano de un callejero antológico -de una guía de antología-,
que presenta la ciudad como una hipertextualidad kafkiana, la unidad de
espacio-interior y absorbente- que recrea el tiempo del personaje Kafka.
Documentado minuciosamente con detallados planos generales y de detalle
de Praga, y abundantes fotografías, el autor reconstruye para los
devotos del escritor y los turistas amantes de la peregrinación
literaria a los santos lugares la Vida, Las casas y La carrera de funcionario
de Kafka, dándonos puntual información de las titubeantes
relaciones sentimentales de este misógino impenitente entre mujeres.
"Parece extraño que un escritor tan apegado a la idea de estar
solo aparezca siempre rodeado de mujeres. Es el padre que todas mis amigas,
sin excepción, prefieren", ha escrito -adoptando el punto
de vista de una supuesta hija de Kafka-, Nuria Amat en Todos somos Kafka,
adentrándose en un territorio de la literatura del que parecen
autoexcluidas las mujeres, reservando la kafkomanía a lectores
y escritores varones. No es así, sin embargo, como afirmará
la protagonista de Amat
- "Todas estas
mujeres escritoras se atribuyen hijos de Kafka. La idea original de este
hallazgo provino de Grete Bloch y de su historia desdichada a propósito
del hijo imaginario"-, en Sopa de muertos, primera parte de la obra
citada y en la que evoca la condición kafkiana de Katherine Manstield
o Susan Sontag, por ejemplo.
La mezcla de indefensión
hipersensible y misantropía creativa de Kafka, unida a la función
de confesoras y paño de lágrimas atribuida por el autor
checo a mujeres que compartieron parte de su existencia, como lo atestiguan
cartas y diarios -con su repertorio de anécdotas mínimas
analizadas minuciosa y obsesivamente y su inventario de bienes catalogados
al detalle y de manera tan pormenorizada-, haría del escritor un
personaje poco amable, incluso ingrato, para la mayoría femenina.
Y algo de rechazo
de esa mitomanía aflora en las palabras de la protagonista del
cuento La camisa de Kafka, incluido en El primer error o Cómo leer
a Marx, de la escritora canadiense Kate Pullinger, en su discusión
con el judío checo -" 'Ésa era mi camisa favorita',
añadió él indignado. 'Oh, ¿de veras?', le
dijo Genevieve. '¿No te parece que estás muerto desde hace
demasiado tiempo como para quejarte ahora por semejante banalidad?' (...)
'Cállate', le gritó Genevieve. '¡Estás muerto!'
Y acto seguido se abalanzó contra Franz Kafka, surcando las aguas
como si fuera un torpedo, para agarrarle del cuello"-, en circunstancias
de pesadilla kafkiana.
No sería una
mala ocurrencia, por lo demás, que la idea de La Praga de Kafka
se hiciera extensiva a otro escritor checo como él, aunque de origen
eslavo, cara y cruz de la misma ciudad, Jaroslav Hasek, extravertido,
glotón, bebedor de cerveza y polígamo, el antiKafka, como
su bravo, misógino y castísimo soldado Josef Svejk lo es
de la saga de Josef K. de El proceso o del agrimensor K de El castillo.
"Por este mismo
puente llevaron entre dos funcionarios a otro Josef, imaginado por otro
habitante de Praga que fue coetáneo de Kafka. El encuentro entre
Josef K. y Josef Svejk sobre el Puente de Carlos tiene lugar en otra realidad,
más allá de la constelación literaria proyectada
-su primer acto podría tener lugar en una taberna llena de humo,
donde Kafka escucha divertido los grotescos discursos políticos
de Hasek- allí donde por común acuerdo entre los poetas
se admite que los protagonistas adopten el papel de extras y los verdugos
acompañantes se conviertan en primeras figuras; de este modo, Svejk
y Josef K. se verían libres del programa que en un principio les
había sido destinado", fantaseaba Moníková en
su Pavana..., rescatando a ambos personajes praguenses de ficción
-alter egos de sendos escritores-, del grotesco tour-operator de sus respectivas
tabulaciones, en la intertextualidad lúdica y recreativa de la
lectora en la cartografía mágica de Praga.
© Luis Arturo
Hernández 2002
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